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Cómo afectan los filtros mentales a las presentaciones

Atención a los procesos mentales

Todos los humanos NO somos iguales. Como ya mencioné en una entrada anterior, cada uno somos hijos de nuestro padre y de nuestra madre, es decir, muy distintos unos de otros. El lugar en el que nacimos, la familia en la que fuimos criados, el colegio en el que aprendimos a leer y, en definitiva, todas las experiencias que hemos vivido desde nuestra primera bocanada de aire, han generado en nosotros una serie de filtros mentales que hacen que interpretemos la vida y las cosas de un modo mientras los demás las interpretan de otro. Por ejemplo: La mera perspectiva de trabajar puede resultar una pesadilla para alguien a punto de jubilarse, y una bendición para quien lleva en paro dos años y ya no recibe prestación por desempleo.

Dichos filtros mentales inciden en cómo nos comunicamos con los demás y con nosotros mismos y, en consecuencia, determinan cómo vivimos.

Según la Programación Neurolingüística (PNL), cuando hablamos (con los demás o con nosotros mismos), nuestros filtros mentales hacen que seamos propensos a cometer violaciones de lenguaje que enturbian el significado de las cosas y cómo las vemos. Generalizamos, eliminamos y distorsionamos información a diestra y siniestra, en muchos casos sin darnos cuenta de ello.

  • Generalizar la información – Tras una experiencia, creamos una regla. Damos a un colectivo (a un todo) el valor de uno de los componentes. Ejemplo: “La gente tiene miedo a hablar en público.”
  • Eliminar información – Suprimimos parte de la experiencia a nuestra conveniencia. Ejemplo: Cuando me considero inútil, no soy capaz de ver las cosas que hago bien (las elimino). Ejemplo: “Soy incapaz”.
  • Distorsionar la información – Deformamos la realidad dándole el significado que queremos sin soporte objetivo. Ejemplo: “No soy una persona extrovertida, por ello no soy apto para hablar en público”.

Estas distorsiones del lenguaje, si bien son necesarias en determinados casos, pueden ser muy limitantes en otros, llegando a definir lo que somos, cómo nos comportamos y, en consecuencia, los resultados que obtenemos (en todo). Además, dado que deforman tanto el significado objetivo de las cosas, hacen que el mensaje recibido por quien nos escucha sea muy distinto de la realidad.

Poner en tela de juicio y desafiar estas maneras de comunicar nos permite clarificar las ideas en nuestras propias cabezas y exponerlas de una forma más fidedigna y menos subjetiva, intentando “estandarizar” su significado y haciendo que se parezca bastante más lo que uno dice a lo que el otro escucha.

¿Qué podemos hacer para evitar que lo que decimos al público esté contaminado por nuestros propios filtros mentales?

Francamente poco; no podemos cambiar las experiencias de toda una vida en un proceso de preparación para una charla. No obstante, sí recomiendo tres cosas:

  1. Hacer el ejercicio de desafiar todo aquello que pensamos y decimos de forma constante. Estar siempre alertas a nuestros procesos mentales y a cómo vemos las cosas para así aprender a quitar al menos algo de subjetividad a nuestra manera de pensar y de hablar. Es una tarea que desgasta mucho al principio pero que, a la larga, vale la pena porque nos ayuda ver las cosas (casi) como realmente son y no como creemos que son.
  2. Redactar un guión para cada discurso (incluidas historias y ejemplos) y detectar de qué manera violamos el lenguaje con nuestros propios prejuicios cuando nos planificamos para hablar en público. Una vez detectadas estas distorsiones, conviene cuestionarse su nivel de objetividad y modificarlas de manera que evitemos enturbiemos la manera de pensar de los demás con nuestro mensaje.
  3. Grabar el discurso y estudiarlo. Si nos grabamos en vídeo y luego estudiamos lo que hemos hecho, nos daremos cuenta de las cosas que decimos de forma automática. El guión planteado arriba servirá como guía, pero en la práctica, diremos las cosas de otro modo y ahí saldrá a la luz nuestra manera de pensar, incluso si hemos trabajado bien en la preparación. Mientras más herramientas usemos para mejorar el nivel de conocimiento sobre nosotros mismos, más fácil se nos hará corregir “el rumbo”.

Tras haber entendido cómo maquinamos las cosas y haberlas retocado, podrían quedar más o menos así:

  • Generalización – “La gente tiene miedo a hablar en público.” ¿Toda la gente tiene miedo de hablar en público? ¿No es posible que alguien no tenga miedo? Resultado: “Muchas personas tienen miedo a hablar en público.” (Esto sigue siendo relativo, pero menos extremista que la afirmación original.)
  • Eliminación – “Soy incapaz”. ¿Incapaz de qué? De explicar un informe de ventas frente a los jefes, pero soy un hacha contando historias. Resultado: “No soy bueno presentando informes pero se me da muy bien contar historias.”
  • Distorsión “No soy una persona extrovertida, por ello no soy apto para hablar en público”. ¿Realmente es imprescindible ser extrovertido para hablar en público? ¿No conoces a nadie introvertido que sea un presentador eficaz? Resultado: “Soy introvertido, por lo tanto, me cuesta hablar en público. Pero si recibo formación, podré hacerlo de forma adecuada.”

Estamos muy malacostumbrados a bombardearnos a nosotros mismos y a los demás con mensajes que no hacen justicia a lo que somos y a lo que sucede ahí fuera. Estos mensajes son una tara brutal ya que, deformando el significado de las cosas, perjudican lo que viene tras haber dicho o escuchado tal mensaje.

¿Por qué no acostumbrarnos a escucharnos mejor y a modificar aquello que no nos aporta?

Fuente: Carrión López, Salvador. Curso de Practitioner en PNL. Edición Éxito Obelisco.

Imagen por Jonathan Sherman.

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