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¡Cuánto ruido! – La importancia del silencio al hablar

Silencio… ¿Cuándo fue la última vez que estuviste rodeado de completo silencio en el que no escuchabas absolutamente nada? ¿Te cuesta recordarlo? ¿Será porque no te ha sucedido nunca o porque las poquísimas veces que te ha ocurrido no te has percatado de ello?

Es impresionante la cantidad de ruido a la que estamos sometidos en nuestro día a día. En el exterior: bocinas de coches, vendedores ambulantes, motos sin silenciador. En el interior: los niños que no paran de berrear, el perro que nos ladra, la tele que parece un miembro más de la familia. Incluso en nuestra propia mente: somos máquinas de pensamientos perpetuos, la gran mayoría de los cuales no aportan nada provechoso. Con tanto ruido, fuera y dentro, sorprende que no enloquezcamos.

A fuerza de subestimarlo, no nos damos cuenta de que el silencio es un estado valiosísimo. Nos ayuda a relajarnos y a descansar, nos invita a reflexionar y a meditar, nos facilita la creatividad y el ingenio… En resumen, nos permite ser nosotros mismos en nuestro estado más puro. ¿Y por qué no callamos más a menudo? No lo hacemos debido a la concepción errónea de que mientras más hablamos más “decimos” incluso cuando no tenemos nada importante o interesante que decir. El silencio nos hace sentir incómodos, porque cuando no hablamos creemos que no se nos tiene en cuenta. Porque si no decimos nada se esfuma nuestra autoridad y pasamos a no ser nadie. Nada más lejos de la realidad.

Hay dos contextos comunicativos en los que el silencio cobra especial importancia: En la entrevista y en el discurso. (Paso de comentar la necesidad de estar en completo silencio cuando se escucha a otra persona; basta un poco de sentido común.)

Entrevista

Con entrevista no me refiero necesariamente a un periodista bombardeando a preguntas a alguna personalidad importante. Hablo de aquellas situaciones en las que se nos lanza una pregunta y debemos contestar a ésta. ¡Cuántas veces no me he visto tentado a responder sin haber dedicado unos segundos a reflexionar previamente! Y ¡cuántas veces no he metido la pata hasta el fondo por ahorrarme esos pocos segundos! En este contexto, el silencio es poder, porque callar un momento (y pensar) es señal de serenidad y autoconfianza; también es inteligencia porque, decidir hacer una pausa reflexiva (y aprovechar dichos segundos) permite una respuesta firme y estudiada. Todo esto suma puntos a nuestra autoridad.

Discurso

Mark Brown dice en el libro Speaker’s Edge que (al presentar) debemos darle al público tiempo suficiente para experimentar emociones, para digerir lo que hemos dicho y para decidir cómo responder a nuestras palabras. En oratoria, el silencio es tan importante como las propias palabras y viene dado en forma de pausas entre frases y preguntas. Permite al oyente asimilar y reflexionar sobre lo que se ha dicho. Le da tiempo para entender y aprender. Una pausa estratégicamente situada y con una longitud suficiente antes de retomar el discurso, puede poner los pelos de punta, puede hacer reír a carcajadas, puede hacer llorar… En otras palabras, es una herramienta de impacto.

¿Y por qué no lo usamos más frecuentemente? ¿Por qué no callamos un poquito más antes de contestar o de continuar hablando? ¡No!, hay que hablar mucho, rápido y sin parar para demostrar que somos astutos y ágiles de mente en el caso de las entrevistas, o al pronunciar un discurso, grandes conocedores de la materia. Porque si no se nos aburren o se nos duermen o, directamente, “porque es mi estilo y punto”. Y mientras tanto, evitamos el silencio, porque nos aterra parecer, ante los ojos ajenos, que no somos capaces de continuar con la presentación por habernos quedado en blanco, o quedar como un idiota incapaz de responder a la cuestión planteada.

Lo curioso es la diferencia en percepción; para el público o el entrevistador, tres segundos de silencio no son más que eso, tres segundos; para el ponente, en cambio, pueden suponer una eternidad. Pero ¡cuánto impacto pueden causar esos segundos de “nada”; cuánta diferencia pueden lograr tras generar expectativa y después satisfacerla o sorprender con un giro inesperado!

En la entrevista, no hay truco, sólo parar un momento y pensar. Déjate un Post-it o un recordatorio recurrente en el móvil si hace falta, hasta que se convierta en un hábito.

En oratoria hay que planificarse. ¿Cuáles son las partes más importantes de tu discurso? ¿Cuáles son las frases bomba que piensas pronunciar? Tras redactar tu discurso, piensa en cuáles secciones deben invitar a la reflexión, cuáles ideas son realmente contundentes, cuáles puntos merecen ser recordados por encima de los demás. Cuando sea el momento de mencionarlos, hazlo, luego espera y mira a un lado, espera y mira al otro, espera un poco más, y finalmente continúa. El resultado será demoledor y volverás a experimentar el verdadero poder del silencio.

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