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Evita la crucifixión: Elige bien las palabras que usas

cuidado con lo que dices

“Eres esclavo de tus palabras y dueño de tus silencios.” – Proverbio árabe* tweet

Una de las recetas seguras para separarte emocionalmente del público a la hora de hacer una presentación es pretender ser alguien que no eres. Las palabras grandilocuentes, el exceso de formalidad y los gestos forzados (por dar algunos ejemplos), propios de aparentar y de poner “fachadas”, son verdaderas barreras cuando se trata de conectar con el público.

La conexión comienza con la conversación

Afortunadamente, esto lo entienden muchos ponentes. Gracias al internet y a plataformas como TED y PechaKucha, estamos entendiendo que la clave para que nazca y se fortalezca el vínculo emocional entre ponente y público es la conversación.

Porque la conversación genuina muestra la parte más auténtica de nosotros mismos. Y eso desarma a quien escucha, le permite abrir su mente y su corazón hacia nosotros y, por ello, el mensaje llega a su destino con mayor facilidad que, por ejemplo, con el discurso político de toda la vida (con mayor contenido retórico que humano).

Ganarnos su confianza no significa que somos amigos

Pero ojito, que el mero hecho de que el público quiera que conversemos con éste no significa que nos hayamos ganado su confianza. Ésta se gana a pulso cuando, una vez captada y mantenida la atención de la audiencia y demostrada nuestra credibilidad, ocurre el momento “Eureka”, en el que se dan cuenta de que la ponencia gira en torno a sus necesidades y que pueden sacar un beneficio real de lo que les estamos contando.

Pero habernos ganado su confianza no es lo mismo que habernos ganado el derecho de entrar a su casa, de irnos juntos a tomar café o de que nos vean en pijama (lagaña incluida). Tampoco significa que, por ello, pueden ver nuestro lado más vasto y oscuro que dice palabrotas en cualquier momento. Y esto se confunde muy a menudo…

Algunas palabras de estar por casa no son aptas para el escenario

Cuando llegué a España hace diez años me sorprendí de la facilidad de uso de palabras tan básicas como “culo” (por decir alguna). Juzgando por la cantidad de veces que la he escuchado, sin importar el contexto ni las personas involucradas, diría que es una palabra más bien “neutra”. Pero en Latinoamérica es francamente fea.

En numerosas ocasiones he escuchado como al ponente de turno se le escapa una palabrota. A veces por despiste, a veces por pura cuestión de personalidad, a veces por exceso o malinterpretación de la confianza recién generada con el público. Sin ser yo una persona particularmente impresionable, la situación me ha causado sorpresa. Porque las palabrotas chirrían y desvían el peso del mensaje a donde no tiene que ir. Y cuando la atención se desvía del mensaje, a éste le cuesta lograr su cometido.

Un público ofendido no compra

Ya por haber usado alguna pseudo-soez en este blog he escuchado algún que otro comentario indirecto de llamada de atención, y no estoy obligando a nadie a que continúe leyendo. Imagina si en una sala repleta de personas casi en categoría de rehenes, digo algo que sobrepase las reglas de la decencia. En el mejor de los casos causaré algo de incomodidad. En el peor me crucificarán y todo habrá sido en vano.

Como decía anoche en una evaluación en la sesión semanal de Toastmasters, las palabras son poderosísimas. Basta usar una mal para cambiar completamente lo que el público interpreta sobre mi mensaje e incluso su percepción sobre mi persona.

Elige bien las palabras que usas para salvaguardar la imagen y mantener la confianza del público

La clave para evitar estos momentos incómodos sin penalizar la conexión emocional es buscar conversar con el público como si fuera un amigo de toda la vida, pero imaginando que su abuela está en la sala.

La primera variable (conversar con el amigo de toda la vida) proporciona la frescura y la naturalidad. La segunda variable (su abuela en la sala) censura determinadas palabras y expresiones, adaptándolas a “horario infantil” y ayudándonos a asegurarnos de que, lo que sea que digamos, será recibido de brazos abiertos porque no hiere innecesariamente ninguna susceptibilidad.

Por ello, evita disgustos para que tu mensaje logre su cometido. Conversa con tu público como si estuvieras en el salón de su abuela. Te ganarás su confianza, tu mensaje será escuchado y volverán a invitarte a otra tarde de té.

(*Al parecer a Freud se le atribuye una muy parecida.)

Crédito de imagen

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