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¿Hasta dónde llega la libertad de expresión? Ser o no ser Charlie

¿Ser o no ser Charlie?

Por poca atención que personas como yo podamos prestar a la actualidad mundial, a la prensa y al telediario, es imposible no haberse enterado de los horribles sucesos de la semana pasada en París donde 12 caricaturistas, periodistas y miembros del equipo del semanario satírico izquierdista Charlie Hebdo (hasta entonces desconocido por muchos, incluido yo) fueron asesinados por dos defensores del Estado Islámico.

Este blog siempre se mantendrá al margen de tendencias políticas y religiosas, pero asimismo también condenará siempre de forma abierta cualquier acto de violencia, ya sea física o psicológica. Por ello, lo ocurrido el miércoles pasado debe llamarnos a todos a reflexionar, entre otras cosas, sobre la tolerancia y sobre la libertad de expresión.

En un mensaje en su muro de Facebook, un amigo marroquí de nacionalidad francesa condenó los asesinatos, pero dijo abiertamente que “no era Charlie” al no identificarse con los mensajes ofensivos del semanario. Mientras escribo esto, su muro sigue encendido en llamas en un debate bastante acalorado entre personas con posturas distintas. Algunas de las frases que he leído:

“Practicar la libertad de expresión y opinión es aceptar que los demás tengan una visión distinta a la nuestra.”
“Cuando nos quitan la libertad de expresión terminamos viviendo en el miedo.”
“Toda sátira tiene como fin despertar la conciencia ante los problemas a los que nos enfrentamos.”
“No tengo que identificarme como Charlie para expresarme libremente; identificarme como Charlie instiga más odio y prejuicios.”
“Insultar a otros es libertad de expresión.”
“Debemos hacernos responsables de lo que decimos.”

Yo me pregunto:

¿Qué es la libertad de expresión? ¿Implica ésta el derecho a decir todo lo que entendamos que es necesario decir, y a toda costa? ¿Es absoluta? ¿O tiene ciertos límites, aunque sea en los matices? ¿Y dónde está la línea divisoria entre la libertad de expresión y la provocación? ¿Qué ocurre cuando las consecuencias de mi discurso afectan de manera directa y negativa a otras personas no implicadas en el asunto? ¿Hasta dónde vale la pena llegar por defender mi forma de pensar? ¿Hay otras vías de ejercer mi libertad de expresión sin tener que recurrir a la ofensa?

Mi madre, autora de la imagen de esta entrada y que participó en la manifestación en Toulouse del sábado pasado, hasta ese momento la más grande de Francia, me dijo:

“Los mensajes de Charlie Hebdo eran dardos eficaces pero muchos eran dardos envenenados. Yo soy Charlie por conciencia, pero cuestiono esos mensajes.” tweet

Y es que, como leí en uno de tantos tuits recientes, “la libertad de expresión y el respeto van de la mano.”

Sí, tenemos que condenar las injusticias.
Sí, tenemos que luchar por nuestros ideales.
Sí, tenemos que defender el bien en contra de todo mal.

Pero, dejando a un lado el horror provocado por los actos de violencia, la gran mayoría de las cosas en la vida son relativas. Defender nuestras posturas supone ir en contra de las posturas de otros. Y, para llegar a un entendimiento real entre personas, grupos o civilizaciones con puntos de vista diametralmente opuestos, lo primero que hay que buscar son los puntos comunes (“common ground”, como dirían en inglés) que nos acerquen y nos permitan dialogar.

Puede que yo no entienda de sátira y puede que desconozca el verdadero significado detrás de las caricaturas de Charlie Hebdo. Pero independientemente del medio que usemos para comunicar nuestro mensaje, faltar al respeto de nuestro interlocutor, de nuestro público o de cualquier persona a la que nuestro mensaje vaya dirigido, lo único que logrará será fortalecer nuestras diferencias y alimentar nuestras discrepancias.

Este interesante artículo (en inglés) de David Brooks, entre otras cosas dice que “la gente que quiere ser escuchada abiertamente tiene que ganárselo a través de su conducta”. Y la provocación es una conducta que sólo invita a escuchar a aquéllos con opiniones similares a las nuestras. Pero despierta la ira en quien escucha, convirtiéndolo en nuestro adversario.

“Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice”. tweet

Esta frase, atribuida a Sigmund Freud invita a tener mucho cuidado con aquello que decimos. Con esto no insto a nadie a callarse, ni mucho menos. Sí hago un llamamiento a pensar detenidamente en nuestro discurso y elegir inteligentemente nuestras palabras. Porque las palabras pueden ser tan poderosas como balas o como rosas. Y la consecuencia de pronunciarlas nefasta o maravillosa. Todo depende de nuestra selección.

La libertad de expresión es un derecho universal incontestable. Hagamos el mejor uso posible de ella.

¿Y tú, qué opinas? ¿Hasta dónde llega la libertad de expresión? Compártelo en la sección de comentarios.

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Imagen de Iris de Mondesert.

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Comentarios

  1. Es importante tener en cuenta que el mensaje llegue claro al publico, y tambien que tipo de reaccion despertaria en el mismo.

  2. Pienso que no podemos ir por la vida aduciendo libertad de expresión o simplemente “libertad” en pos de conseguir que el mundo nos ceda el paso para lo que sea. Simplemente porque mi libertad de expresión llega hasta donde empieza la del otro.
    Estoy de acuerdo en que la provocación es otra cosa. No conocía esa revista, pero por lo que vi, su tipo de humor, como dice Brooks, sólo invita a escuchar a aquéllos con opiniones similares. Nadie que se identifique con una opinión diferente podría disfrutar de ese tipo de humor irónico.

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