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La importancia de ser uno mismo al presentar

De niño, recuerdo haber estado loco perdido por una niña de mi clase. No teniendo idea de relaciones sentimentales, fantaseaba con conquistarla salvándola de situaciones de peligro a lo James Bond y, tras la hazaña, recibiendo una declaración de amor por su parte en forma de beso, mientras en el fondo explotaba un edificio (o algo por el estilo). Pronto me di cuenta de que situaciones de este tipo eran poco probables y decidí ser pragmático y preguntarle a mi prima Carmen (mayor que yo) qué hacía falta para conquistar a una mujer. Su respuesta fue tan escueta como desalentadora: “sé tú mismo”. Mi confusión fue mayor y la situación no cambió en lo más mínimo.

Hace unos días se celebró la Conferencia de Otoño 2012 del Distrito 59 de Toastmasters International, ésta vez en Bonn, Alemania. Como ya es costumbre, el evento reunió a más de 300 personas de toda Europa continental para presenciar principalmente un concurso de discursos humorísticos con algunos de los mejores oradores europeos, así como talleres de muy alto nivel sobre el arte de comunicar y hablar en público. Un tema que surgió en varias conversaciones y en alguna ponencia fue la necesidad de ser uno mismo al hacer presentaciones para así lograr impactar a la gente que nos escucha.

Como buen latino, siempre he pecado de peliculero y, por ello, mis primeros discursos fueron prácticamente actuaciones de telenovela de bajo presupuesto. Mi mujer insistía en que la sobreactuación impedía que me abriera al público y le mostrara mi verdadero yo. En consecuencia, perdía la oportunidad de conectar y lograr que mi mensaje marcase a nadie. Tras muchos disgustos entendí que, hasta que no dejara el “papel estelar” a un lado y fuera el verdadero Sebastián en escena, no iba a lograr dicha conexión.

Sólo siendo nosotros mismos podemos derribar esa “cuarta pared” o barrera que nos separa del público. La autenticidad, la naturalidad y la cercanía que mostremos como presentadores ayudarán a que la audiencia se abra y deposite su confianza sobre nosotros. La artificialidad que supone ponerse una máscara y actuar un papel dificultará que esto ocurra.

Pero todo es relativo y, en mi experiencia, este tema tiene sus matices. Uno referente a la cultura de la audiencia. Otro a la personalidad del ponente.

Cultura: El público anglosajón está más acostumbrado a (y espera) que los oradores sean más bien performers que entretengan, independientemente del propósito de sus ponencias. Lo veo frecuentemente en Toastmasters y en las presentaciones de oradores americanos. En cambio, en Europa esto no es tan bien recibido. Se espera un comportamiento más ecuánime y moderado en escena.

Personalidad: Hay personas que, en la vida diaria, son más expresivas y rocambolescas que otras. Son, por definición, apasionadas, entusiastas, viven la vida con mucha intensidad y lo demuestran en sus interacciones cotidianas. Por ello es inevitable que, al hablar en público, esto quede en evidencia. Sin embargo, hay otras personas que son mucho menos apasionadas y esto también se hace notar cuando presentan. Una cae mejor en determinados círculos que la otra, y viceversa, pero ello no hace que ninguna sea la óptima.

¿Quiere todo esto decir que en función de con quién interactuemos (en escena o fuera de ésta) tenemos que variar nuestra forma de ser? En esencia no. Dejar de ser nosotros mismos puede hacer despertar las alarmas intuitivas de nuestros interlocutores dándoles a entender que algo no va bien, lo que les llevará automáticamente a desconfiar. Pero como ya es bien sabido, es primordial conocer a quién se habla y encontrar el equilibrio justo entre lo que ofrecemos desde la tarima y lo que reciben desde la sala de butacas.

En su libro Resonate, Nancy Duarte habla de apelar en nuestras presentaciones tanto al sentido analítico como al emocional de la audiencia ya que el uno sin el otro son como el Ying sin el Yang. Hace especial hincapié en que debe haber un equilibrio entre ambos y éste vendrá dado por la naturaleza de nuestro público. No presentamos del mismo modo a la junta de directores de la empresa que a un grupo de estudiantes. ¿Por qué hacerlo con nacionalidades distintas?

Con los años me he dado cuenta de que ese “sé tú mismo” también tiene sus matices. La razón principal por la cual decirle a un adolescente que sea “él mismo” raras veces funciona es porque la falta de experiencia en dichos menesteres genera un nivel de inseguridad y falta de confianza capaz de echar a perder cualquier posibilidad de conquistar a la chica. Con las tablas y el rodaje que nos da la vida aprendemos a ser “nuestros mejores mismos”, pero sobre todo, nos damos cuenta de que, sin variar nuestra forma de ser, no actuamos del mismo modo de día que de noche, en el trabajo o en la casa. Por ello, saquemos entonces lo mejor de nuestro camaleónico ser y pongámoslo en práctica en nuestras presentaciones según convenga.

 Imagen de Alessia.Izzo

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Comentarios

  1. Tienes toda la razón, Sebastián.
    En varias ocasiones la mejor parte de mis presentaciones fueron el turno de preguntas y respuestas. En ella, evidentemente, al no llevar nada preparado, respondí siendo yo mismo. Y fue entonces cuando vi a la audiencia más enganchada a mi discurso.
    En el fondo no tenemos que adaptarnos a una presentación sino que es la presentación la que debe adaptarse a nuestra forma de ser.
    Buen artículo.
    Saludos,
    Roger

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