Saltar enlaces

No seas impuntual: Por qué llegar temprano a la presentación

Hablar en público es más sencillo de lo que parece. En el fondo, de lo que se trata es de conversar con otras personas y eso estamos acostumbrados a hacerlo a diario. Bueno, no. En realidad me estoy quedando contigo. A veces puede ser complicado. Sobre todo debido a una cosa: la ansiedad. Y si a eso sumamos la falta de experiencia, ya ni te cuento.

Pero que no cunda el pánico que para la ansiedad hay remedio, como las gárgaras de agua con sal para la garganta inflamada. Si quieres aprender a controlarlo el miedo a hablar en público pincha aquí.

Tras haber aprendido a controlar el miedo te has dado cuenta de que hablar en público no es el fin del mundo si los cabos están bien atados. Si has hecho los deberes preparándote como toca. Pero, incluso con una buena preparación, hay factores externos difíciles de controlar del todo. Y cuando uno de éstos se desmadra, por muy bien preparados que estemos, el mundo se nos puede venir abajo.

¿Cuál es el antídoto para controlar al máximo todo lo que no podemos controlar por naturaleza? La puntualidad. Porque llegando temprano hay margen de maniobra ante cualquier imprevisto. Llegando justos (o tarde) no queda más que lanzarse al vacío y rezar para que el paracaídas se abra.

Razones por las cuales debes llegar temprano a la presentación

Y no, no hablo de diez minutos antes. No hablo de quince tampoco. Hablo de una hora completita. Porque con una hora tenemos mayor cintura. Y porque con quince minutos no da tiempo ni para hacer las necesidades fisiológicas de rigor después de haberlo montado todo.

Más concretamente, para hacer lo siguiente:

Probar el equipo y prever imprevistos técnicos

Porque existió un señor apellidado Murphy que decidió que si algo puede salir mal, saldrá mal. Y las soluciones no siempre son sencillas. Como cuando no hay manera de conseguir señal entre ordenador y proyector, y el técnico no aparece (o nunca hubo uno).

Hacernos con el salón

Para entender los puntos ciegos y la acústica del lugar. Porque si el público no nos ve o no nos escucha lo suficientemente bien, el mensaje no llega y, por tanto no hace efecto. Además viene bien saber desde dónde se controla el aire acondicionado y la luminosidad. Un nivel inadecuado de ambos puede dificultar la atención.

Tener un momento de calma antes de que llegue la gente

Una de las claves para controlar la ansiedad es hacer ejercicios de relajación. Estirar relaja y respirar profundo y de manera concienzuda ayuda a desprender la tensión y a estar presente.

Ir al baño

A mí los nervios se me van al estómago y me da flojera. Eso hace que vaya al baño más a menudo que de costumbre. Sobre todo el día de la presentación. Y me pasa algo similar con la retención de líquido (por decirlo sin faltarle a nadie). Y hacer una presentación con un apretón o la vejiga llena es un suplicio. Te lo juro.

Tener tiempo para socializar con los asistentes

Esto logra una compenetración y sentido de familiaridad que “obliga” al público (casi siempre) a ofrecer su mejor cara. Y esto, al inicio, es vital para recobrar la autoconfianza. Porque encontrar caras amigables transmite energía positiva, necesaria en el primer minuto, que es el más duro.

El control logístico no calma los nervios pero sí evita que se incrementen. Por eso, llega una hora antes y podrás iniciar con calma y seguridad.

ENTRADAS RELACIONADAS

Imagen de Darren Tunnicliff

¿Te gustó el artículo?

Suscríbete a mi newsletter y comienza a transmitir seguridad, a comunicar con pasión y a construir tu futuro.

Sin historias. Sólo contenido de valor.

Interacciones del lector

Trackbacks

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *