Saltar enlaces

Vale la pena descubrir el Matrix para comunicar mejor

¿Quieres descubrir el matrix?

Ya estás dentro del Matrix. Ya no hay vuelta atrás. Te has tomado la pastilla del color adecuado (según cómo lo mires) y te das cuenta de que las cosas no son como parecían. Pero está bien, no pasa nada. Todo lo contrario. Hay mucha más gente como tú que ha descubierto que hay todo un mundo detrás de las apariencias y que comunicar mejor es la llave para abrir sus puertas.

La semana pasada hablamos sobre cómo descubrir tu propio Matrix. Sólo hay que seguir cuatro pasos:

  • OBSERVAR: Para percatarnos de lo que hay allí fuera.
  • ANALIZAR: Para entender su significado y cómo nos afecta.
  • DECIDIR: Para plantear un posible plan de acción.
  • ACTUAR: Para ejecutarlo.

SEGUIR VIENDO COSAS EN TODAS PARTES 

Si pones en práctica esos cuatro pasos, comenzarás a ver cosas que parecían no existir pero que siempre han estado allí. Y si mantienes una mente abierta sobre el asunto, cada vez descubrirás y entenderás más y más cosas sobre las relaciones humanas y cómo gestionarlas a través de la comunicación.

Por ello, aquí tengo otras cinco reglas de elegancia en la comunicación que pueden ayudarnos a vivir mejor. 

1. Hablar mal de los demás nos hace peores personas

La prensa rosa tiene su público, es cierto. Pero no deja de estar del otro lado de la pantalla o en el kiosco de la esquina. Es impersonal y distante. Cuando hablamos mal de otros, no quedamos nada bien. Lo dice alguien real, de carne y hueso, y ahí la cosa cambia. Pasamos por el cotilla de turno y todo el que nos escuche y tenga dos dedos de frente podrá perdernos el respeto y la confianza, porque también son potenciales víctimas de nuestra lengua viperina.

Si el argumento de nuestra presentación busca enaltecernos a base de dejar a otros por los suelos, será nuestra credibilidad la que se vea afectada y nuestra palabra dejará de tener valor. Por ello, no nos vendamos en perjuicio de otros.

2. No todo lo que sale de nuestras bocas es valioso

Y con esto no busco mostrar ninguna inclinación ideológica ni mucho menos. Pero el humano (occidental, al menos) es muy dado a no querer parar de hablar (yo incluido). Por eso emitimos algunos sonidos (cuasi guturales) sin sentido para rellenar los espacios vacíos. “Este”, “esto”, “desto”, “eh”, “hm”, “pues”, “pues eso”, “si eso” y otros tantos abortos de la naturaleza. Sí, exagero un poco, pero lo hago a posta. Porque usarlos ocasionalmente no es grave. Pero cuando en cada frase se nos escapa alguno, la situación es clínica y al sujeto no se le toma en serio.

En Toastmasters a esto le llamamos muletillas. Y las contamos en los discursos de cada quien para aprender a tomar consciencia de ellas y reducir su uso. Porque usarlas mucho distrae a los demás, lo que resta fuerza al argumento y credibilidad al ponente. Sustituir las muletillas molestas por pausas es el antídoto más eficaz. Nos hace sonar (algo) más inteligentes y parecer estar en control de la situación.

3. Si no tienes nada bueno que decir, mejor no abras la boca

Vivimos en una sociedad en la que, aparentemente, hay que tener una opinión sobre todo. Porque si no opinamos, somos débiles, menos inteligentes o poco aptos. Cuando en realidad, hablar por hablar no sirve de nada y, en muchas ocasiones, nos puede hacer quedar como idiotas. Por eso dicen que, si no tenemos nada bueno o interesante que añadir a la conversación, mejor no digamos nada. Porque todo lo que no suma, resta.

Cuando hablamos en público, hay una “cosa” llamada credibilidad (del ponente), sin la cual, el público no se da permiso a sí mismo para escucharnos. Ciertamente, lo que importa de la credibilidad no es cuánta tenemos, sino cuánta perciben nuestros oyentes que tenemos. Pero por muchas triquiñuelas que usemos para influir sobre dicha percepción, hay una parte que no puede ser maquillada sin ser descubierta. Hablo de nuestro derecho a hablar sobre el tema. La experiencia que tengamos sobre aquello de lo que hablamos determinará nuestro derecho a hablar sobre eso. Y si la experiencia no es amplia, no lograremos decir mucho al respecto, o acompañaremos lo poco que sabemos del asunto de florituras y salidas tangenciales que terminarán aburriendo, haciéndoles desconectar y delatándonos. Por eso, mejor no presentar temas de los cuales no sabemos mucho y evitar hacer presentaciones ajenas, porque se nota a leguas.

4. Los libros para dummies son una muy buena idea

No porque seamos todos tontos, sino porque en el mundo no hay muchos físicos cuánticos. En otras palabras, para no tener que repetir las cosas más de lo que nos gustaría, mejor evitar intentar parecer el más listo y recibir miradas de póker, que explicar las cosas como si los demás tuviéramos 14 años y tener conversaciones. ¿Por qué decir mi “alcoba” si podemos decir mi “habitación”?

Igual pasa con las presentaciones. Con el afán de quedar como eminencias, vamos matando la atención de algunos cada vez que decimos cosas como ROI, GOP, CEO, break-even, stock, o fardando con grandilocuencias de telenovela. Mientras más sencillo y explícito lo que digamos, menos probabilidades de perder a nadie en el camino, y mayores las de terminar convenciendo. Más sobre barreras que nos distancian del público.

5. Lo que dice el cuerpo es lo que realmente importa

Si cuando tu pareja te pregunta si le quedan bien los vaqueros que se acaba de comprar respondes con un “sí” poco entusiasta sin dejar de mirar la tele, no estás diciendo “sí”. Si tu mejor amigo te llama “cabronazo” con una sonrisa de oreja a oreja, es casi seguro que no lo esté diciendo en serio. Ejemplos así vemos a diario y demuestran que no somos del todo transparentes (o intentamos no serlo) porque la verdad sin pelos en la lengua es difícil de aceptar. Lo que pasa es que, con el afán de ocultar algunas cosas, se nos olvida que el cuerpo habla más fuerte que la voz, y nos delatamos incluso ante el menos perspicaz.

En público, tenemos que recordar que hablamos a más de una persona a la vez. Si hay discordancia entre nuestro lenguaje verbal y nuestro lenguaje no verbal, puede que no todos se den cuenta, pero al menos uno lo notará y pensará que algo no anda bien. Y cuando existe tal discordancia, siempre manda lo que dice el cuerpo. Pero ojo, no te estoy invitando a que prepares bien tus mentiras (si las tienes). Sólo me gustaría hacer notar que, mientras más sentido y sincero el mensaje, mejor la congruencia de nuestro lenguaje al completo. Más sobre lenguaje corporal.

¿VALE LA PENA DESCUBRIR EL MATRIX? 

Claro, siempre estará la idea de que la ignorancia es una bendición y que, por ello, mejor mantenerse en la superficie y no indagar en profundidad. Porque mientras más piedras levantemos, más cosas descubriremos que no necesariamente estaremos dispuestos a afrontar. Porque, ¿para qué preocuparse de todas estas cosas, no?

Yo opino que el conocimiento enriquece y permite ver la vida con ojos más críticos y, esto a su vez permite vivirla mejor. Ciertamente, darnos cuenta de lo mal que comunicamos la mayoría puede resultar doloroso, pero finalmente, comenzar a sacarle ventaja al grueso de la población que no se preocupa por estos asuntos, termina resultando divertido y beneficioso.

Como dicen por ahí, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Y a igualdad de condiciones en un mundo tan competitivo como el de hoy, el que comunica mejor gana.

Por ello, observa, analiza, decide y actúa. Aprenderás que hay mucho más detrás de la conversación banal. Y con esto, podrás comenzar a cambiar tu vida, que a su vez te ayudará a cambiar tu entorno. Y, quien sabe, puede que con eso pongas tu grano de arena para ayudar a cambiar el mundo.

¿Qué otras cosas has descubierto tú dentro del Matrix?

 

Entrada relacionada:

Imagen de Héctor García

¿Te gustó el artículo?

Suscríbete a mi newsletter y comienza a transmitir seguridad, a comunicar con pasión y a construir tu futuro.

Sin historias. Sólo contenido de valor.

Interacciones del lector

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *