¿Sabes por qué no te entienden cuando hablas?

Imagina esta escena.

Estás en una sala de reuniones. Del otro lado de la mesa, la persona que decide. 

Tú hablas. Explicas. Justificas. Propones. Pero al terminar, ves su rostro… y sabes que no lo ha pillado. No es que esté en contra. Peor: no te ha entendido del todo.

Ese instante incómodo en el que tu idea —tan buena, tan lógica— se desvanece en el aire como si nada… ¿Te ha pasado?

A mí sí. Y lo veo cada semana trabajando con líderes que tienen ideas valiosas, experiencia de sobra… pero que no consiguen traducir su visión en acción porque se expresan desde el mundo de lo abstracto.

Y aquí va la paradoja: Cuanto más sabemos, más abstractos nos volvemos. Le llaman la maldición del conocimiento.

Hablamos de “sinergias”, “optimización de procesos”, “proyectos estratégicos”… pero a menos que quien te escuche pueda entender de verdad lo que significan estos conceptos, todo queda en palabras bonitas para una página web. Pero que no mueven a nadie.

En comunicación, lo que no se puede visualizar mentalmente, no se entiende.

De hecho, en España hay una expresión que lo resume con precisión. Cuando alguien finalmente comprende algo y le parece interesante, dice: “Lo veo.” 

Esta frase no viene de un mero razonamiento. Surge de una imagen mental. De una conexión entre la razón y la emoción, relacionada con lo que le has contado.

Eso es lo que buscamos cuando hablamos con líderes: provocar esa imagen mental. Ese momento de “lo veo”.

Pero para eso, hay que aterrizar las ideas. Hacerlas concretas. Tangibles. Humanas.

Recuerdo un ejemplo que me marcó tanto, que cambió mi comportamiento para siempre.

Un día, estaba viendo el telediario. Hablaban de la sequía. Un tema serio, sí, pero que muchas veces sentimos lejano. Mencionaron que cinco minutos de ducha equivalen a casi 80 litros de agua.

5 minutos de ducha = +-80 litros de agua

En principio, un dato más. Pero mi cabeza hizo el cálculo inmediato y ocurrió algo interesante. 

Yo bebo unos 2 litros de agua al día. Eso significa que, con una ducha rápida, gasto lo que necesitaría para hidratarme durante más de un mes. Y en ese momento, lo vi.

No fue un dato. Fue una imagen. Una imagen que me tocó. Desde entonces, apago la ducha mientras me enjabono.

Cuando la gente es capaz de ver lo que dices con tus palabras, eso es concreción; es especificidad. Y comunicar así es impactante, deja huella.

Lo mismo ocurre en entornos de negocio.

Si dices que tu propuesta mejora la “eficiencia operativa”, te responderán con cortesía. Pero si cuentas que “con el nuevo sistema, los equipos ahorran dos horas diarias que ahora pueden dedicar a clientes clave”, entonces lo ven. 

Y cuando lo ven, lo compran.

Y esto no es solo una percepción empírica. Un estudio publicado en el Journal of Consumer Research demostró que el uso de lenguaje concreto no solo mejora la comprensión de un mensaje, sino que también aumenta la percepción de competencia del emisor y, por tanto, aumenta la capacidad de atención del receptor. 

Dicho de otro modo: cuando hablas con ejemplos tangibles, tu audiencia no solo te entiende mejor, sino que te valora más como líder.

Como asesor en habilidades de comunicación, y tras trabajar con cientos de profesionales en Europa y América Latina, puedo confirmarlo una y otra vez: Los líderes que comunican con imágenes son capaces de influir mejor en los demás. Porque no venden conceptos, venden realidades tangibles.

¿Quieres hacerlo tú también?

Empieza por reemplazar cada idea abstracta con una metáfora, una historia o un ejemplo real. Si dices “liderazgo transformador”, muestra una situación real donde ese liderazgo cambió algo. Si hablas de “mejorar la cultura de equipo”, narra una escena específica que lo ilustre.

Y no lo olvides: la emoción también ayuda a concretar.

Las cifras impresionan, pero las historias convencen. Por eso, lo humano conmueve más que el mero dato. Lo dice —con crudeza— una frase atribuida a Stalin:

«Una muerte es una tragedia. Un millón de muertes, una estadística.»

No porque sea cierto, sino porque es humano.

La clave no está en hablar más. Está en hablar mejor. En hacer ver lo que propones.

Así que la próxima vez que prepares una presentación, una conversación importante o incluso un correo crucial, pregúntate: ¿Esto que estoy diciendo, se puede ver?

Si no se puede ver, no se puede entender. Y si no se entiende, no se ejecuta.

Habla para que la gente vea, no solo para que escuche. Y verás cómo tus ideas generan movimiento.

Si este mensaje te ha resultado útil, …compártelo con alguien que, como tú, tiene mucho que aportar y quiere que sus ideas dejen huella.

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Mi nombre es Sebastián y, si eres como yo, tienes ideas con ganas de ser escuchadas. Descubre cómo hacer que te lleven a donde quieras.

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